A Gaiola Dourada
Asia, nueve años atrás.
Nadie tenía pinta de elegancia, ni de tener favores especiales. Pero estábamos en una especie de Gran Hermano, atascados un par de meses voluntariamente en un proceso específico. En un hotel, sobreviviendo a punta de agua de coco y esquivando lagartijas de los pasillos. Transpirando la gota gorda por cada cien metros caminados.
Algunos venían del país del sol naciente. Otros, de la tierra de los canguros. Unos cuántos de la ex URRSS y otros, como yo, desde el culo del mundo.
Se sabía que nuestras diferencias no solo eran culturales, sino que también de clases sociales. Había algo que nos unía a todos en nuestro propósito, pero a algunos les había costado más que a otros llegar ahí.
Terminado ese ciclo, volví a mi hogar, con ansiedad social y sin mucho ánimo de presumir nada. No fui de vacaciones ni a sacarme fotos para facebook. Pero conocí un montón de gente de la cual no supe mucho al tiempo después... y todas esas conexiones se fueron perdiendo. Como estrellas que desaparecieron sobre el smog que cubre nuestro Santiago. Pero siempre queda alguna visible. Alguna que vuelve.
Jardins, una semana atrás.
Llegué bien. No quiero estar pegada al teléfono. Te hablo cuando pueda y te voy contando cómo estoy.
Una persona me abre la puerta del taxi y ayuda a bajar el bagagem. No pensé que llegaría tan rápido algo por lo cual literalmente había casi rezado. Y soy agnóstica.
Sucede que cuando te sientes estancado en un momento, en un contexto, tus deseos en los cumpleaños o cuando ves que en tu pantalla del teléfono dice que son las 11:11, nunca crees que lo que pides va a pasar. Y si pasa, tu estómago te dice "Recuerda eso sí, lo que pasó la vez anterior". Todo es muy bueno para ser cierto, entonces piensas en formas de no decepcionarte si es que algo sale mal.
Las primeras experiencias son ensayos. Aprendes de eso. No vale la pena tener miedo de intentar con otra fórmula.
Me sonríe el recepcionista, mientras conversa con el distinguido ser humano a quien acompaño y contemplo el lobby. Hago la conversión de la lista de precios que aparecen en el muro. No creo, pero de todos modos, no es asunto mío.
Mientras espero el ascensor, el chico de la barra, evidentemente menor que yo, me sonríe y aunque no hablamos la misma lengua, sé perfectamente que sabe lo que hago ahí. Y sé que no soy la primera ni la última en estar donde no pertenece. Pero voy a hacerlo bien. Tengo que ser impecable.
Durante la cena de la primera noche, veinticuatro horas después de "la entrevista", sentí que seguía estando en una y que estos días eran de prueba.
Observando mi alrededor, la gente sentada en mesas cercanas me parecía increíble. Su ropa perfecta, sus peinados cuidadosos, el maquillaje pulcro. Yo era Carmela en NYC, queriendo no perder mi identidad entre tanto carecultura de alta alcurnia. Pero disfrazada de cultura, había superficialidad. Y estaba dispuesta a admirarla como tal, tomando tanta nota mental como pudiese.
- Me gusta que seas discreta, para caminar, para hablar y para reír.
- Me gusta que te guste mi discreción - Contesté.
Entre risas y anécdotas sobre cosas que teníamos en común, tuve momentos de genuina gratitud, sin dejar de pensar en mis anhelos personales.
Santiago, dos días atrás.
Es de noche y chico del uber que me está yendo a dejar, tiene ganas de conversar. No me molesta. Le cuento de este sueño febril que tuve y que aún siento que me tiene atontada, podría incluso decir medio agotada, como si no tan solo mi cuerpo sino que mi mente hubiese tenido que correr una maratón de 21k. Y estoy un poco deshidratada. Pero lo hice bien. Y fui impecable.
- Qué buena onda, señorita. Me imagino que debe haber sido espectacular. Todo, la gente, la ciudad, las tiendas, la comida.
- ...Sí. Pero sabes qué? Nunca hay que olvidarse de dónde uno viene. Nos vemos, que te vaya super.
Enciendo la luz y entre el caos controlado de mi sala de estar, aparece mi gato. Y al tomarlo, lo abrazo y pienso en lo mucho que lo extrañé. Y en que quizás tenga que acostumbrarme a esa sensación.
